El reposicionamiento de Washington, bajo el liderazgo de Donald Trump, reabrió el debate sobre el rol de los hidrocarburos en un mundo más fragmentado. En ese marco, Vaca Muerta aparece como un activo relevante para la Argentina, aunque atravesado por desafíos financieros, logísticos y regulatorios que condicionan su capacidad de capitalizar el nuevo contexto.
Vaca Muerta podría verse favorecida por precios internacionales del crudo más firmes, impulsados por la inestabilidad global y la lenta normalización de Venezuela, pero enfrenta al mismo tiempo un entorno financiero más exigente, con capital más caro y mayor competencia por inversiones.
La reacción inicial de los mercados tras la caída del régimen venezolano fue significativa pero acotada. Gustavo Araujo, head of Research de Criteria, señaló que los principales ganadores fueron las compañías petroleras y de servicios energéticos estadounidenses, con subas de entre 5% y 10% en firmas del sector. También repuntaron los bonos soberanos venezolanos y la deuda de PDVSA, aunque más como apuestas tácticas y especulativas que como inversiones sustentadas en fundamentos sólidos.
En los primeros días posteriores a la intervención militar, el precio internacional del petróleo prácticamente no se movió. El Brent se mantuvo estable, una señal clara de que el mercado no percibió un shock inmediato de oferta. Para Araujo, esto confirma que una recuperación significativa de la producción venezolana llevará tiempo, ya que reconstruir infraestructura, capital humano y reglas de juego es un proceso de varios años.
Sin embargo, el cuadro cambió con el recrudecimiento de tensiones entre Irán y Estados Unidos. En ese contexto, el Brent, referencia para el crudo de Vaca Muerta, escaló casi 2% y acumuló su cuarta suba consecutiva, acercándose a su nivel más alto en dos meses. Los futuros del Brent alcanzaron los u$s64,93 por barril, mientras que el West Texas Intermediate avanzó hasta los u$s60,52.
Desde una mirada estructural, Daniel Dreizzen, director de Aleph Energy, sostuvo que lo ocurrido en Venezuela debe leerse como un síntoma de un cambio más profundo en el orden energético y geopolítico global. A su entender, la “globalización romántica” quedó atrás y fue reemplazada por una competencia estratégica abierta entre bloques de poder, donde la energía vuelve a ser un activo central.
Dreizzen remarcó que, desde el punto de vista estrictamente energético, Venezuela hoy es un actor marginal. Produce alrededor de 900.000 barriles diarios, un volumen similar al de la Argentina y muy lejos de los casi cuatro millones de barriles por día que alcanzó en los años noventa. En un mercado global que supera los 100 millones de barriles diarios, incluso una recuperación plena del país caribeño tendría un impacto acotado sobre los precios.
En ese marco, el interés de Washington no pasa por abastecerse de crudo venezolano. Estados Unidos no necesita ese petróleo para su consumo doméstico; el objetivo estratégico es evitar que ese recurso siga siendo utilizado como instrumento financiero y político por China, Rusia e Irán, y definir quién administra el petróleo y bajo qué reglas se inserta en el sistema internacional.
Para Vaca Muerta, este nuevo orden no implica una competencia directa con Venezuela. Especialistas subrayan que la clave está en la naturaleza de los recursos. Mientras Venezuela produce crudos extra pesados, con alto contenido de azufre y elevados costos operativos, Vaca Muerta ofrece petróleo liviano y dulce, con mayor facilidad de refinación y flexibilidad comercial.
Lejos de desplazarse entre sí, estos crudos ocupan lugares específicos dentro del sistema de refinación global. En muchas refinerías modernas, el crudo liviano argentino incluso complementa a los pesados, aportando fluidez y eficiencia en los procesos industriales.
Los tiempos también juegan a favor del shale argentino. Mientras Venezuela necesitaría entre u$s80.000 y u$s100.000 millones y un plazo de ocho a diez años para recuperar su producción histórica, Vaca Muerta ya produce cerca de 850.000 barriles diarios y puede responder al mercado en el corto y mediano plazo.
Esa capacidad de ajuste rápido es una ventaja clave, aunque no suficiente por sí sola. Oleoductos, almacenamiento y capacidad exportadora aparecen como los principales cuellos de botella. Sin esos activos, el potencial productivo no puede transformarse plenamente en valor económico, y los inversores evalúan con lupa la estabilidad macroeconómica y la previsibilidad regulatoria.
Desde Criteria coinciden en que el impacto sobre Vaca Muerta no es inmediato ni concluyente. No se esperan presiones adicionales relevantes sobre el precio del crudo en el corto plazo, lo que explica que compañías como YPF y Vista se mantengan bajo observación, sin cambios sustanciales en las recomendaciones.
Las proyecciones internacionales refuerzan la relevancia regional de la Argentina. Para 2026, la Administración de Información Energética de Estados Unidos prevé que cerca de la mitad del crecimiento global de la producción será aportado por Brasil, Guyana y la Argentina, consolidando una tendencia que ya se hizo visible en 2025.
En ese contexto, Vaca Muerta sigue teniendo una ventaja central: su competitividad técnica y económica. Convertir ese potencial geológico en desarrollo sostenible dependerá menos de lo que ocurra en Caracas o Washington y mucho más de la capacidad de la Argentina para ofrecer reglas claras, estabilidad y una estrategia de largo plazo en un mundo donde el petróleo volvió a ser sinónimo de poder.