Durante años la minería fue presentada como una de las grandes promesas de la economía argentina. Sin embargo, a diferencia de Vaca Muerta, nunca logró consolidar una etapa de inversiones sostenidas capaz de modificar la estructura productiva del país. Ese escenario comenzó a cambiar y hoy el sector exhibe cifras que muestran el inicio de un nuevo ciclo de expansión.
El punto de partida fue 2025. Las exportaciones mineras alcanzaron un récord de US$6.037 millones, un crecimiento del 29,2% respecto del año anterior, impulsadas principalmente por la fuerte valorización internacional del oro. Pero la verdadera expectativa del sector no está en los números actuales, sino en el volumen de inversiones que empieza a movilizarse.
Desde la puesta en marcha del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), la minería concentra proyectos comprometidos por US$33.876 millones, convirtiéndose en uno de los principales beneficiarios del esquema impulsado por el Gobierno nacional para atraer capitales de largo plazo.
El paralelismo con Vaca Muerta aparece cada vez con más fuerza. Así como el shale neuquino necesitó reglas de largo plazo, infraestructura e inversiones para despegar, la minería intenta recorrer un camino similar en la cordillera argentina. La diferencia es que, mientras el petróleo y el gas ya producen divisas récord, gran parte del potencial minero todavía permanece bajo tierra.
Hoy el principal sostén de las exportaciones continúa siendo el oro, que representa cerca del 70% de las ventas externas del sector. Lo siguen el litio y la plata. Sin embargo, la gran apuesta de la próxima década tiene otro nombre: el cobre.
Argentina actualmente no produce cobre a escala comercial, pero concentra algunos de los proyectos considerados más importantes del mundo. San Juan, Catamarca, Salta, Mendoza y Jujuy conforman una extensa franja geológica que comparte características con los grandes distritos mineros de Chile y Perú.
En ese escenario sobresale el Distrito Vicuña, donde Lundin Mining y BHP desarrollan el proyecto Josemaría, considerado uno de los emprendimientos cupríferos más relevantes de América Latina. Junto a ellos avanzan compañías como Rio Tinto, Newmont y First Quantum, que integran la nueva ola de inversiones internacionales.
Según distintas estimaciones de la industria, si esos proyectos ingresan en producción durante la próxima década, Argentina podría ubicarse entre los diez principales productores mundiales de cobre hacia 2035, modificando por completo el perfil exportador del sector.
El litio, mientras tanto, representa la oportunidad más inmediata. El país posee la tercera reserva mundial del mineral y ya ocupa el cuarto lugar entre los productores globales. En apenas tres años la producción se multiplicó gracias a la puesta en marcha de nuevos proyectos, mientras distintos análisis proyectan un crecimiento superior al 300% hasta 2035.
El atractivo argentino también responde al nuevo contexto geopolítico. La creciente demanda mundial de minerales críticos para la transición energética y el desarrollo tecnológico convirtió al litio y al cobre en recursos estratégicos. En ese marco, Estados Unidos y Argentina firmaron este año un acuerdo para fortalecer las cadenas de suministro de minerales críticos, reforzando el interés internacional por los proyectos locales.
El impacto económico trasciende a las exportaciones. La minería ya genera más de 100.000 puestos de trabajo entre empleos directos e indirectos, moviliza cientos de proveedores en cada proyecto y se consolida como uno de los sectores con mayores salarios de la economía. La experiencia de Vaca Muerta demuestra que el verdadero efecto multiplicador no ocurre únicamente en la producción, sino también en el desarrollo de infraestructura, servicios y economías regionales.
El gran desafío ahora será transformar las inversiones anunciadas en producción efectiva. Chile continúa siendo el referente regional, con exportaciones mineras que superan los US$63.000 millones anuales y una industria consolidada desde hace décadas. Argentina parte desde una escala mucho menor, pero con una cartera de proyectos inédita y un flujo de inversiones que comienza a cambiar el mapa de la minería nacional. Si logra replicar el proceso que experimentó Vaca Muerta durante la última década, la cordillera podría convertirse en el próximo gran motor exportador del país.
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