Teniendo en cuenta las cifras presentadas en el Global Hydrogen Compass 2025, un informe inaugural publicado en septiembre de 2025 por el Hydrogen Council en colaboración con la firma de consultoría estratégica McKinsey & Company, vemos varios patrones en el mercado del Hidrógeno.
Lo que hace apenas unos años era una ola de promesas, hoy se ha transformado en una industria con 110 mil millones de dólares en inversiones firmes, respaldada por más de quinientos proyectos que ya han superado la fase de decisión final. Estamos siendo testigos de una fase de selección natural donde solo las propuestas con fundamentos económicos sólidos logran avanzar, mientras que aquellas que carecían de viabilidad real quedan en el camino.
Este proceso de maduración no es un retroceso, sino una consolidación necesaria. Según el monitoreo global de proyectos y las encuestas realizadas a líderes de la industria, la oferta está lista para escalar significativamente: se proyecta que la capacidad alcance hasta 14 millones de toneladas anuales para el final de la década. Sin embargo, el entorno macroeconómico actual, con sus altas tasas de interés y costos de equipamiento al alza, ha puesto a prueba la resiliencia del sector. El gran examen que enfrenta esta transición ahora no es la capacidad de producir, sino la de asegurar la demanda. El éxito futuro depende de que las políticas públicas pasen de la teoría a la implementación efectiva, garantizando la certidumbre que los inversores exigen.
En este mapa global, las piezas se mueven de forma distinta según la geografía. Los datos muestran que cerca de 8 millones de toneladas de demanda anual ya presentan un caso de negocio positivo, mientras que otros 13 millones de toneladas están muy cerca de alcanzar el punto de equilibrio económico frente a las alternativas convencionales. Europa se perfila como un centro de demanda impulsado por normativas estrictas de descarbonización, mientras que otras regiones aprovechan sus ventajas estructurales en recursos naturales para enfocarse en la exportación. Lo que queda claro es que la flexibilidad será el puente necesario para construir la infraestructura que el mañana requiere.
Ante este escenario de realismo y disciplina, ¿estamos preparados para aceptar que el camino hacia un futuro sostenible no será una línea recta, sino una carrera de resistencia marcada por la capacidad de ejecución y la certidumbre financiera?
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