El informe parte de un diagnóstico contundente: el mundo se acerca peligrosamente al umbral de 1,5 °C de calentamiento, mientras las emisiones globales aún no muestran una caída sostenida. Al mismo tiempo, la seguridad energética vuelve al centro de la agenda política, impulsada por conflictos armados, tensiones comerciales, reconfiguración de cadenas de valor y una competencia tecnológica cada vez más explícita. En ese marco, la transición energética deja de ser un proceso lineal y cooperativo para convertirse en un fenómeno desigual, condicionado por intereses nacionales, capacidades tecnológicas y estrategias de poder.
Para explorar estas tensiones, Shell desarrolla tres escenarios posibles. Archipiélagos describe un mundo fragmentado, dominado por la lógica de la autosuficiencia y la seguridad nacional. Los países priorizan recursos propios, el comercio se vuelve más transaccional y la transición pierde ritmo. Las energías renovables avanzan, pero conviven por décadas con combustibles fósiles, especialmente carbón y gas, mientras el foco se desplaza de la mitigación a la adaptación climática. Surge, en cambio, imagina un ciclo de fuerte crecimiento económico impulsado por la inteligencia artificial. La productividad aumenta, la electrificación se acelera y la innovación florece, pero el mayor dinamismo económico eleva la demanda energética total, retrasando el logro del net zero. Finalmente, Horizon plantea un escenario normativo: políticas climáticas ambiciosas, presión social sostenida y una intervención estatal decidida permiten alcanzar emisiones netas cero hacia 2050 y volver a situar el calentamiento global por debajo de 1,5 °C hacia fin de siglo.
Más allá de sus diferencias, los tres escenarios comparten conclusiones relevantes. En primer lugar, la transición energética ya está en marcha, pero no avanza a la velocidad necesaria para cumplir los objetivos climáticos sin sobresaltos. La electrificación, el despliegue masivo de solar y eólica, el almacenamiento con baterías y el rol creciente de la energía nuclear son tendencias robustas en todos los futuros posibles. En segundo lugar, los combustibles fósiles no desaparecen rápidamente: petróleo y gas siguen siendo funcionales durante décadas, ya sea por costos, infraestructura existente o por su rol en sectores difíciles de abatir. En tercer lugar, la gestión del carbono —captura, almacenamiento y remoción— emerge como condición necesaria, aunque políticamente incómoda y tecnológicamente desafiante.
El informe también abre un campo claro de oportunidades. La convergencia entre inteligencia artificial y energía promete acelerar la fabricación modular, optimizar redes eléctricas y reducir costos de nuevas tecnologías. Países “surfers”, capaces de adoptar soluciones sin arrastrar infraestructuras obsoletas, pueden encontrar atajos de desarrollo. Asimismo, la transición redefine la geopolítica de los minerales críticos, la industria manufacturera y los flujos de inversión, generando nuevos liderazgos y alianzas.
Pero los desafíos son igualmente evidentes. La fragmentación global amenaza con ralentizar la cooperación climática, encarecer la transición y profundizar desigualdades. La tensión entre seguridad energética de corto plazo y objetivos climáticos de largo plazo se vuelve estructural. Y, quizás lo más complejo, el informe deja entrever que alcanzar el escenario Horizon exige niveles de coordinación política, consenso social y renuncias en estilos de vida que hoy parecen difíciles de sostener.
A la luz de este estudio, las energías verdes aparecen menos como una “solución mágica” y más como un pilar necesario pero insuficiente de la transición. El informe muestra con claridad que solar, eólica y almacenamiento ya son tecnologías maduras, competitivas y en expansión acelerada, capaces de transformar el sistema eléctrico y reducir emisiones de manera significativa. Sin embargo, también deja en evidencia sus límites: intermitencia, dependencia de minerales críticos, necesidad de redes robustas y su incapacidad, por sí solas, de descarbonizar sectores industriales, transporte pesado o aviación. En mi opinión, el verdadero aporte de las energías verdes no está solo en su bajo carbono, sino en que reordenan la geopolítica energética, democratizan el acceso a la energía y obligan a repensar el rol del Estado, del mercado y de la planificación a largo plazo. El desafío no es elegir entre energías verdes o seguridad energética, sino integrar ambas en una estrategia coherente que evite transiciones desordenadas, retrocesos políticos y nuevas dependencias estructurales, tal como advierte el propio estudio de Shell
En definitiva, The 2026 Energy Security Scenarios no ofrece respuestas cerradas, sino un marco para pensar decisiones estratégicas. La transición energética no es solo un problema tecnológico, sino un proceso profundamente político, económico y social. Frente a un mundo más inestable y competitivo, la pregunta final vuelve a imponerse: ¿estamos dispuestos a asumir los costos y las decisiones difíciles que implica una transición ordenada, o seguiremos avanzando a fuerza de crisis, shocks y adaptaciones tardías?
Tu opinión enriquece este artículo: